En todos hay un escritor. Por más escondido que este se encuentre. Algunas veces se manifiesta y quiere ser la voz de muchas voces y la de uno mismo. Ser testigo y narrador de nuestra historia, amigo y enemigo de nuestros miedos y alegrías, tratar a la realidad como una igual, subyugar lo indomable y liberar lo oprimido. Combatir la intolerancia en una guerra sin cuartel a palabra suelta. Desafiar a nuestra propia inteligencia y re-definir las reglas en las cuales se basa nuestra ya tan reestructurada sociedad. Pero lo más importante sea, tal vez, la indescriptible sensación que nos produce, el dibujar con nuestras palabras en la imaginación de otros.

Bienvenidos.

C.A.

martes, 17 de julio de 2018

Le abuse de le lengüe.


 No, no es que este texto sea en francés. Está bien que los galos se hayan consagrado campeones del mundo y todos estemos emocionados porque Antoine se haya cubierto con la bandera uruguaya durante la conferencia de prensa, pero a tanto no llegamos.

Al principio fue hasta divertido pretender leer frases como la siguiente, sin parecer una persona con claras dificultades en el habla: lxs compañerxs de nuestrx grupx son todxs igualxs. Ya más adelante comenzó a ser hasta molesto.

No cabe ninguna duda que el lenguaje, así como la vestimenta, la gastronomía o el arte son expresiones que forman las entrañas de una cultura. Que el poder de la palabra es insustituible en la construcción de los ideales de una sociedad, es algo irrefutable. Que el lenguaje se transforma con el paso del tiempo tampoco es un secreto, pues la asimilación de vocablos que expresan un cierto significado para ciertos pueblos forma parte del enriquecimiento de cualquier idioma, en sus diversas expresiones a lo largo y ancho de los pueblos que lo hablan. Quizás los casos del español y el castellano sean de los mejores ejemplos de esto.  Pero posiblemente uno de los motivos por los cuales el autodenominado lenguaje inclusivo le rechine tanto a aquellos que tienen cierto aprecio por el idioma castellano y sus reglas gramaticales, sea el ímpetu con el que sus propulsores pretenden instalarlo a la fuerza, y los argumentos esgrimidos con tal fin.

Uno de los puntos flacos de esta nueva tendencia surge de confundir "género masculino" o "género femenino" en la gramática con "macho" y "hembra" en el sexo de las personas, los animales o las plantas. Vamos por ahora a no meternos con el reino de los fungi.  Este concepto tan básico – el de los géneros, no el de los fungi –  se ridiculiza al pensar por ejemplo en que un cepillo de dientes puede tender a representar a un varón por el mero hecho de que su artículo definido es “el”, y que con la misma analogía quizás la pasta de dientes represente a una mujer por su artículo definido “la”. Entonces habría que analizar si el hecho de esparcir la pasta de dientes sobre el cepillo podría representar el dominio de la mujer en la sociedad sobre el varón, o si por el contrario la fuerza con la que las cerdas del cepillo (que paradójicamente son femeninas) oprimen a la pasta (mujer) contra los dientes (varones) de un individuo son una flagrante violación de los derechos de la mujer y una clara demostración de su opresión en esta sociedad patriarcal. No pretendamos averiguar qué sucedería si substituimos la pasta dental por el dentífrico, ahí tendríamos serios problemas para saber qué género somete a cual.
Si a usted le pareció una analogía totalmente absurda, sepa entender que esta ridícula parábola que se me acaba de ocurrir, donde intervienen tantos elementos gramaticalmente definidos como femeninos (pasta de dientes, cerdas, fuerza) así como otros masculinos (cepillo, dientes) no es más que un fiel reflejo del sostén de los argumentos básicos del lenguaje inclusivo, que dicho sea de paso ahora se ha pasado a llamar incluyente para evitar el adjetivo en su forma masculina.

Según como yo lo veo, el énfasis de la substitución de las palabras no es más que una lamentable e innecesaria artimaña del feminismo radical para pretender mostrar "más justa" una lucha que no precisa de tal herramienta, pues sus motivos son mucho más justos de lo que pretende aparentar con el juego de palabras. La pelea por la tergiversación del idioma no es más que la pérdida del foco en una lucha noble que no precisa de esta ridiculización del movimiento femenino.
¿Acaso decir "las personas" es una muestra del poder de la vagina sobre el pene? ¿Deberíamos decir las personas y los personos para asegurarnos de que estamos incluyendo tanto a hombres como a mujeres? No, claro, deberíamos inventar una nueva palabra que los englobe a todos, entonces utilicemos les persones. Y en ese sentido, aquellos que proclaman este lenguaje inventado como "inclusivo", en verdad no hacen otra cosa que caer en constantes contradicciones, pues no solo convierten aquello que termina en "o" en una "e", sino que aquello que no tiene género y paradójicamente termina con la letra "e", se deforma y le otorgan un género sumándole una variante con la "a", asumiendo erróneamente que la palabra que finaliza en "e" representa al género masculino. Ejemplo: Estudiante vs Estudianta. Pero no queda solo ahí. En teoría las deformaciones aplican a las personas, pero luego se supone que el cuerpo femenino pasa a ser "la cuerpa". 
Utilizar la inexistente palabra "persones", "cuerpa" o "presidenta" no hace más equitativo el lenguaje ni la sociedad, simplemente es una deformación absurda de lo primero.
Asimismo, igual de absurdo es pretender eliminar las empanadas del listado culinario del rio de la plata por considerar que atenta contra la equidad entre hombres y mujeres, ya que en el lunfardo rioplatense la empanada puede hacer alusión al aparato reproductor femenino. De la misma manera, que manden destruir todas las copias del David de Miguel Angel con el pretexto de que su pequeño pene y su desproporcionada cabeza y manos atentan contra el autoestima de los varones del mundo también carece de sentido.
Pretender llevar una lucha hasta cualquier extremo, aun cuando éstos extremos carezcan de relevancia o fundamento no hace más que debilitar el movimiento que sustenta dicha lucha, distraer el foco de la lucha real, genuina, valida y valiente que se lleva adelante desde hace mucho tiempo por mujeres y hombres en distintas partes del mundo.
La Tierra no va a ser más equitativa porque le digamos Le Tierre. De la misma manera, si bien no es necesario, tampoco es incorrecto decir “los amigos y las amigas” pues ambos términos existen en nuestro idioma y su uso es más que válido. El problema es cuando el afán por llevar lo absurdo hasta el límite llega al punto de inventar palabras.  En este sentido, hace unos años, mientras dábamos una presentación de fin de curso en un grupo interdisciplinar de estudiantes de arquitectura y ciencias sociales, escuché a un compañero decir "la experiencia fue muy enriquecedora porque tuvimos la posibilidad de reunimos con los miembros y las miembras de la cooperativa...". Sí, esto ocurrió en un ámbito académico, en la Universidad de la República. Debo decir que nuestro amigo Mariano Cloos estaría muy orgulloso de mi compañero de grupo.

Sin pretender entrar en un análisis riguroso del lenguaje, lo cual claramente escapa al cometido de esta verborragia, podemos ver el caso de un idioma muy lejano a nuestro querido castellano.  El idioma persa por ejemplo, carece de artículos definidos, por lo que ningún sustantivo tiene género. Esto, más allá de complejizar el aprendizaje de los idiomas provenientes del latín para los iraníes, quienes constantemente hablarán de el ventana, la almacén, la lavarropas o el gotito, no ha tenido ningún efecto en la mayor o menor equidad que la sociedad iraní pueda haber tenido con respecto a aquellas donde se habla el castellano. ¿Acaso alguna de estas chicas con su costado izquierdo de la cabeza rapado podría afirmar que las mujeres iraníes viven en una sociedad más equitativa que la uruguaya? Claro, esto al menos durante los últimos milenios, pues no me atrevería a vaticinar lo que pueda ocurrir de aquí en más. Quizás a los hombres iraníes se les ocurra crear un movimiento para que el idioma persa pase a adoptar el femenino y masculino del castellano para así tener más herramientas para oprimir a la mujer.
Algo similar ocurre con el inglés, donde el artículo “the” carece totalmente de un género, ¿pero acaso alguno de los defensores de esta nueva tendencia castellana puede defender que en los países anglosajones existe más equidad de género porque the winter es más equitativo que el Invierno?
En definitiva, para los que hablan persa o inglés, la heladera, la mesa, el sillón o un calefón, carecen totalmente de una asociación al género masculino o femenino, y esto no cambia en absoluto la naturaleza de dichos elementos ni su concepción social. Una heladera en Irán cumple las mismas funciones que en Uruguay, y la relación que los individuos puedan llegar a tener con tal elemento es exactamente la misma a pesar de los kilómetros de distancia y las interminables asimetrías culturales entre ambas naciones.
Este nuevo ejemplo burdo, sirve simplemente para subrayar el hecho de que la presencia de los artículos definidos el, la, los, las en el idioma español, es una herramienta gramatical, sencilla y llanamente eso, y nada más que eso; y como se mencionó anteriormente, la mayor o menor igualdad de género que pueda haber entre los países que hablan el castellano y otros como Irán, están lejos, lejísimos de pasar por la existencia de géneros en el campo gramatical.

Quizás el motivo de esta reciente oleada de la substitución de las a y las o por @, X y E pase por una simple moda, como ocurre en tantos otros campos de la vida, en esa búsqueda empedernida del pelo al huevo, la quinta pata al gato, o simplemente esa búsqueda de innovar para trascender. Quizás sea una tendencia más de esta nueva era cibernética, donde todo toma mayor ímpetu y se escabulle en los hábitos de muchos porque da la impresión de progreso, avance o vanguardia en la nueva mentalidad. Visto así, que este nuevo modismo tenga su campo fértil en la adolescencia no parece ser alarmante, incluso puede sonar simpático e intrínseco al adolescente, siempre y cuando sea el reflejo de una actitud fresca de las generaciones más jóvenes. Hasta ahí estamos bien, al igual que nadie se alarmaría de que se utilice el término “me cabe” en la cotidianeidad, pero de ahí a pretender que los libros pasen a describir que Artigas le dijo “me cabe” a Alsina mientras aceptaba un mate, hay un largo trecho.  Lo preocupante quizás es cuando este tipo de aberraciones gramaticales se perciben en generaciones mayores, en un público con un acceso a educación terciaria o peor aún, en profesionales y aquellos que ofician de docentes en nuestros centros educativos. Más doloroso aún es ver cómo gente respetada en el mundo literario o académico se hace eco de esto, quizás con el mero objetivo de figurar como estandartes del movimiento feminista y dejar constancia de su mentalidad más acorde a los días que corren donde constantemente se está en busca de lo políticamente correcto, no lo sé.  

Finalmente, pasa a ser preocupante o hasta incluso triste cuando el lema del lenguaje inclusivo pretende ser el estandarte de la lucha por los derechos igualitarios de hombres y mujeres, siendo esta una lucha de una significancia superlativa, necesaria y urgente en la mayoría de las culturas de este mundo, siendo esta una batalla que lleva mucho más tiempo que esta ridícula moda de les persones o lxs personxs que seguramente poco entienden de la equidad entre hombres y mujeres, y focalizan sus energías en pretender un lenguaje “inclusivo”.

Toda lucha social tiene sus comienzos y un paulatino desarrollo además de bases sobre las cuales sostenerse, así como diversos caminos para acercar a la sociedad a los cambios buscados. Elegir las batallas es parte fundamental de la lucha, pues como lucha que es, buscará desafiar cánones establecidos y arraigados en una sociedad determinada. El éxito de la contienda a mi entender, está directamente vinculado con la correcta elección de las batallas a librar y las formas. La lucha por la equidad de género no es nueva. Lo que sí es nuevo es este camino – desviado a mi entender – que entorpece los valores de fondo que siguen tan vigentes como décadas atrás. Estar por tanto en contra de destrozar el idioma no es sinónimo –ni está cerca de serlo – de oponerse a que mujeres y hombres tengan los mismos derechos. Quien utiliza esto como fundamento, no hace más que enfatizar la falta de solidez en sus argumentos, de la misma manera de quien cataloga de facho a alguien que critique una gestión específica de un gobierno de izquierda, de comunista a alguien que emite una opinión desfavorable sobre un gobierno de derecha, o de antisemita a otro que no esté de acuerdo con las políticas del Estado de Israel.  Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa diría un reconocido locutor deportivo radial.

La equidad en nuestras sociedades es una necesidad latente. Mucho se ha hecho ya, y tanto otro resta por hacer. Por este mismo motivo, declarar que yo me siento excluido de esta sociedad porque la palabra que la representa tiene una acepción femenina no hace más que desviar la atención de lo realmente importante hacia lo irrelevante.

jueves, 5 de abril de 2018

Al Final.



El tufo a creolina y orín, mezclados, se levantaban desde el piso como un vaho pesado y espeso. Hay un trapo de piso acurrucado en una esquina, chorrea agua gelatinosa y parece no querer ejercer más su función de restriega mugre de aquí para allá.
A algún gracioso se le ocurrió pegar papel higiénico de segunda mano en las paredes del cubículo. Estoy seguro que eso lo hacen para que estos lugares sean aún más desagradables. Parecería que hay gente que le diera placer, el incrementar la sensación de repulsión que ya de por si causan los baños públicos. “Públicos” es una manera de decir. A mí, el vocablo ese me parece que coquetea mucho con lo estatal, y lo asocio a estos ambientes. Pero estos lugares no tienen nada de públicos. Este en particular es del bar, que tiene un dueño, privado, y que le chupa un huevo como se vea estéticamente.
Tengo los párpados pesados, adentro de mi cráneo el cerebro patina y se golpea contra las paredes óseas de su confín, me causa un dolor constante y el vino, hace que todas mis víseras ardan. La puta madre que me parió, tengo años de esto; de andar chupando, porque no tengo penas y si las tengo, también. ¡Para qué mezclar! ¡Si no se debe!
Vine por dos grapitas, pero no puedo dejar pasar el vino y mis dos dedos de kewis, llorando en la medida.
Ya el estómago no me aguanta y sin vergüenza, desalojo acá, sentado en la taza, sucia o limpia, no me importa, no la miré, hace mucho que no las miro.
Cuando era pibe, en la escuela, me daba asco entrar, a mear nomas, en los baños de los varones, siempre había un olor nauseabundo, perenne, de otros, y ahora, ya no recuerdo muy bien lo que es sentir aversión. Lávense siempre las manos, cuando vayan a esos baños. Por las pestes. Nos decía la abuela a mi hermana y a mí. La vieja les tenía pavor a las epidemias. Venía de una época en que la gripe y el tifus se habían llevado a la mitad de sus hermanos.
Mi cuerpo hace ruidos, repugnantes, convulsos, no sé si regurgito o defeco. Alguien entró, a mear seguramente.
La puerta de madera me ofrece una ilusoria cuota de pudor, tiene por lo menos 6 capas de pintura de diferentes colores. Yo empecé a venir cuando estaba celeste, eso son como cuatro capas en el pasado. Lo que hay que reconocer es que, a pesar de tanta pintura y pintores, todos por igual, respetaron la poesía que está en el marco central, a la izquierda, casi llegando a la bisagra del medio. Tallada con mucha paciencia, letra por letra, con sus versos armaditos.

Al final

Fue ayer era un niño
Que tenía los ojos
Brillantes y claros
Y un porqué de saber
Y una fe con sus rezos
Que sellaba al final
Una abuela con besos
Hoy sin hoy soy un viejo
No hay fe y los ojos
Opacos buscan lejos
                                        Juan Bautista Baba.

La leí tantas veces, siempre me trabo en el penúltimo verso…No hay fe y los ojos… Me cuesta enganchar: Opacos buscan lejos.
Es duro hacerse adulto, al menos, por lo que escribió, para Juan Bautista lo era.
Juan venía al boliche con esos venires que son como asomadas, algún viernes si y otros no. Apuraba una en el mostrador y pedía para usar el baño, entonando su retirada al paso ligero y sin detenerse. Vendedor callejero, comisionista, se hacía llamar. Revendía mercadería que conseguía en los mayoristas. Poseedor de una labia bárbara y confianzuda, sin exceso, a la gente, le verseaba que eran decomisos de Aduana. Sostenía que al público le encantaba lo prohibido, lo robado, joder al estado y que, por eso, parar la olla le resultaba una tarea medianamente llevadera. Después se dedicaba a escribir. Cargaba siempre con un par de copias mecanografiadas de sus obras, con correcciones varias, las paseaba adentro de la misma bolsa de arpillera que le servía para llevar la mercadería. Sudaba a mares, yo creo, porque andaba siempre de gorra de lana y un camperon abultado, las 4 estaciones.
La poesía la esculpió sin permiso, para cuando la descubrieron los que no deberían descubrirla, Juan había dejado de pasar por el boliche, hacía bastante. Si no me equivoco, a la puerta se le dieron una o dos, de las seis manos que hoy ostenta, antes que se percataran los propietarios. Para ese entonces era tarde. ¿Sacarla? ¿Para qué? Al fin y al cabo, cuando alguien viene a desahogar algo más que las penas, tendría esos versos para leer.
¡Mierda con esto! El cuerpo se defiende como puede y ahora mi diafragma se contrae buscando eliminar los agentes corrosivos. Arcadas, las detesto, de botija me daban terror, sabía que desembocaban en esos días de cagalera y vómitos, sin poder probar bocado. A Hortensia la ponían a dormir en el sillón de comedor, la abuela empleaba su magro conocimiento en matemáticas para darse cuenta que un nieto con diarrea era mejor que dos.
Al tercer día, de retorcijones y náuseas, que para al que le hubiera tocado de nosotros, parecían semanas, llegaba el churrasco con arroz blanco. Un manjar, saboreado durante minutos, cada pedacito de carne mojando los granos de arroz, mitigando el hambre y enseñando a valorar los platos de comida que, a economía de pensión, ponía en la mesa la vieja.
Hoy, las arcadas son parte de mis tardes y alguna que otra mañana, no producen nada, tal vez, una incomodidad espacial, cuando atacan en su desubicado proceder.
Es duro crecer si, tal vez tenga razón Juan, desde el marco, apuntado con sus dedos en esos versos tallados sin consentimiento
Parece ayer, tenía tantas cosas para contar, las tardes de lluvia, las horas asesinadas en el cordón de la vereda, los deberes en conjunto, hoy no puedo ni quiero visitar, nada de eso.
En algún lugar quedaron y ahí estarán, sin explicación ni visitas
 Desde que la casa quedó hueca, desde que Hortensia se marchito y con ella la abuela, aprendí, bien aprendido que tomar ahoga las penas y después, ya es necesario, para no volver atrás, al punto cero, al dolor. En realidad, uno cambia, hace un trueque de dolores, los emocionales por los estructurales, estos, en el corto plazo de nuestra inmediatez, siempre aquejan menos. 
 El recuerdo de ese día tiene gusto a nostalgia, como los boliches hoy, que son una añoranza de otras cosas que, en realidad, en su vigencia, nadie veía con buenos ojos.
Aprendí definiciones, componentes, tratamientos. ¿Cómo olvidarlos? Neoplasias, oncogenes, anemia de fanconi y, antes de que pudiera asimilarlos, ya había pasado, fulminante por nuestras vidas. La abuela aprovecho la andanada para apagarse también. ¿Qué mejor excusa?
Así, olvidando penas, olvidando olvidos, es verdad, hoy sin hoy, son un viejo. En el mostrador, seguro me espera otro buche de grapa, otro vaso, donde mis ojos buscaran esa luz que ya no tienen. Luego, cuando queme, desde adentro, volveré a leer estas líneas, que nos recuerdan.


                                                                                                                                 Claudio Alonso 2018

miércoles, 21 de febrero de 2018

Lejos



Hace años que me despierto antes de que suene la alarma. Me irrita, me da un mal humor mínimo, que se disipa casi en seguida, se esfuma con otro sentimiento que conquista inclemente mi consciencia. La responsabilidad, el mandato de saltar de la cama, aprovechar eficazmente los minutos de los que dispongo y repararme y prepararme para enfrentar otro día. En automático, también, tanteo torpemente al costado de mi cama, hasta dar con el teléfono y hacerlo callar y levantarlo y mirarlo para comprobar que estuvo chillando con una melodía melosa durante 5 minutos. Lo observo como si lo viera por primera vez, todavía idiotizado por el sopor del sueño, abro whatsapp y le escribo:






No lo envío aún, creo que debería agregarle otro emoticón… que se dé cuenta que me desperté de buen humor… Sí, otro emoticón es siempre bueno.








Le clava el visto casi inmediatamente.






-Ella también está de buen humor.

A mis hijas hay que despertarlas, la cama se nos pega durante la adolescencia.
Las llamo por video, insisto, hasta que me atienden las dos. Cancelan el video inmediatamente, la coquetería no les permite que las vea así, recién despiertas. Recuerdo cuando eran pequeñas, sin tanta demanda.
Por suerte seleccioné mi ropa la noche anterior, adquirí un metodismo estructurado como sin darme cuenta, indudablemente navego por la autopista que toman todos los maniáticos. Por ahora solo puedo decir que ser metódico y estructurado tiene sus pequeñas satisfacciones.
Abro nuevamente la aplicación mientras me lavo los dientes.











Uso nuevamente el video para llamar a mis hijas. Siguen en la cama, responde la menor y aplico el recurso de decirle que estamos súper tarde, adelanto los relojes 20 minutos. Me sorprende que esta treta funcione, a pesar de toda esa inteligencia y picardía que suelen ostentar, siempre caen en este simple truco. Dejan su teléfono transmitiendo y las veo saltar despavoridas al baño, aplicando maquillaje, para remarcar esa belleza de mujeres con pocos años de experiencia.
Estoy pronto, vestido, afeitado, peinado. Presto, para que el día me pase por arriba, con los reparos que se toman, con esas pequeñas vanidades que uno piensa lo diferencian de los otros, que somos todos.

La alerta de mi fono suena de nuevo, es ella, me escribe:












Dejo el aparato en la mesa, quiero responder y que no se mal interprete. Es cierto, la discusión fue desmedida, y discrepo con el uso del verbo “haber”, ella debería conjugarlo en forma reflexiva “haberte insultado”. El uso desmedido e impersonal de los verbos y artículos personales, me sulfura, creo que más que la discusión o los insultos en sí. El “nosotros” proverbial, “haber” en vez de “haberte”, “dijimos”, por “dije”.
Sostengo el celular y le respondo cordialmente, aunque sí, la molestia sigue ahí.









Lo recibe y lee casi en seguida, puedo verla teclear la respuesta, que llega casi de inmediato.







Seco y afirmativo. Detesto empezar el día así. Me condiciona al mal humor.

Le escribo enérgico a mis hijas:







Me arrepiento, pero ya es tarde, ya lo abrieron y leyeron, la agarrada de ayer y el simple “Ok” de su respuesta, hace que esta mañana se vuelva hostil, y no importa los emoticones que se envíen, hoy está todo mal, como ayer lo estaba.

La lluvia, me da la oportunidad para testear el ambiente, el cielo esta gris, cerrado, el agua cae monótona, les escribo:








Reciben mi texto, lo leen, pero no contestan, están molestas.  Odio esto, odio esta lejanía de la que todos parecemos aferrarnos. No las veo teclear, acrecentando con esto aún más la distancia.
 La calle está pesada, el tráfico no ayuda, no recibo ni un solo mensaje, ni siquiera un simple monosílabo. ¡Y sé que están en línea, las tres!
Hoy es un día como cualquiera, sin significancia, puede ser cualquier día, entre lunes y viernes, solo que hoy, tomo la decisión de romper con este ridículo manejo de la comunicación.
Faltan dos calles para el destino, miro por el retrovisor y remuevo mi manos-libres. Suelto el volante por unos segundos y oprimo el botón de apagado del aparato, hace unos destellos en su pantalla y se vuelve completamente negra.
Miro hacia adelante, ultimo semáforo en rojo, respiro profundo y trato de recordar la última vez que apagué el teléfono, mi estómago me hace sentir que la calma no está ahí, tal vez exista pero esté en otro lado, no en mi vientre. Pienso si la razón de que seamos cada vez más lejanos no estará ligada a ese pequeño botón al costado de cada uno de esos aparatos que sostenemos en nuestras manos.
Detengo el auto y activo bloqueo central, me quedo sentado en mi butaca, mirando un punto fijo más allá del parabrisas. El tiempo no llega a recorrer diez de sus segundos, cuando el teclear frenético de las botones virtuales empiezan sonar como un desfile de cucarachas sobre cartón seco.
-Que tengan buen día- digo, sin sacar mis ojos del punto en el que se habían fijado.
 Repito mi deseo, esta vez, mirándolas a los ojos, una a una y destrabando las puertas -Que tengan buen día-
No responden, sieguen ensimismadas en sus aparatos, el auto sigue detenido.
Entonces, al fin, se rompe el silencio, su voz responde a mi derecha – Buen día para vos también.
Las puertas de atrás se abren y las voces con un tono de sorna casi insolente dicen al unísono
-Para vos también papá-


Me detengo en un semáforo y veo a las personas del auto que el azar puso junto al mío, en esta dinámica espantosa a la cual nos hemos adaptado, con los ojos fijos en la pantalla de 5 pulgadas, repiqueteando los pulgares en el cristal. Sustituyendo emociones por emoticones, gritos por mayúsculas, palabras enteras por acrónimos, a nosotros mismos por este “yo”, que se mal interpreta y es mal interpretado.








viernes, 12 de enero de 2018

SUdestadas




San José De Carrasco. Julio 19 1995, miércoles.


¡Qué frío de mierda! Y no es una reflexión, está gélido, más el viento, sur, inclemente ¡hijo de puta!
Quería escuchar estos tangos, y las ráfagas cortan el sonido, es casi incomprensible. El walkman que me regalaste, cuando querías que escuchara tangos. Cuando sabías que me gustaban, esos mismos tangos que crecí escuchando en clarín, con mi abuelo… Pobre viejo… que sé yo por qué, pero hoy se me ocurre, sí, que era un pobre viejo. Siempre creyó, o nos quería hacer creer, que la familia era todo. Esa unión frágil y mentirosa, basada en el amor incondicional, en traiciones de pacotilla, en anécdotas institucionalizadas.
Una vez, cuando estaba en las últimas, me dijo que la familia era como una manzana con un gusano adentro. Nunca sabríamos cual sería la mordida que nos dejaría con gusto a podrido. Se terminó él mismo, un par de semanas después, encerrado en su cuarto, la cabeza abierta por la 38 que le prestó aquel viejo amigo suyo… ”El Tito”…creo que así se llamaba. El legado informativo que dejó, su “Señor Juez”, era magro y a la vez tan explicativo. “Non resisto piu il dolore”
No lo resistía más, pero no sus caderas deformadas, no su ojo ciego, sus dedos sin fuerza, su mandíbula temblorosa. No, no resistió más el desencanto de mirar por una ventana que eternamente estuvo tapiada por una pared, pero que él, siempre pensó se trataba de la vista más hermosa que este mundo tenía para ofrecerle. Le llevó 78 años mirar para otro lado y descubrir lo embusteros que habían sido sus propios ojos.
No lo conociste casi, cuando apareciste en mi vida, él ya estaba enfermo, empezaba a ser la sombra esa que fue durante sus últimos largos años. Mientras que los médicos llamaban demencia senil y Parkinson a lo que se comía sus fibras, yo era incapaz de entender bien a que se referían. Imaginaba su cabeza perdiendo la batalla de la razón, día a día, desflecándose a lo bandera olvidada al sol a merced del viento. Seguramente fue en uno de esos paréntesis, donde por momentos se reconocía en medio de la tormenta, enhebrando en sus dedos el arma del Tito, hilvanando que un tiro lo salvaba, no solo de los médicos, sino también de ese despertar que lo enfermó. “No resisto más el dolor”
Era una noche de esas que las ventanas soplan finito, el viento, como el de hoy, la playa rabiosa, rugía desde el mar, gritaba… como hoy.
Lo encontramos después del mediodía, es que ya no lo visitábamos tanto. Me hubiera gustado no haberlo encontrado nunca, desearía que el recuerdo fuera otro.
Por algún mecanismo macabro, el lóbulo temporal se cincela a martillazos esas últimas visiones de la gente que no vamos a ver más, y al mismo tiempo, le pasa un trapo a las memorias previas que podamos tener. Como esas borradas mal hechas sobre los pizarrones. Todo no se va, pero hay que adivinarlo, se vuelve una resbalada de recuerdos difusos, donde el único lugar que aparece nítido y claro es esa última imagen, en este caso, el viejo tirado sobre su derecha, con una caverna al costado de su arco superciliar, la mandíbula baja y cagándose en la simetría, las manos, con esos dedos flacos, rígidas, frías al beso que les di. Glaciales como esa noche del 19 de agosto, como hoy, de sudestada.
Deprimo el botón de play y casi no escucho el casete, la arena de los médanos me azota la cara, apenas salgo de la protección del humedal. Subo la pendiente salpicada de juncos, dándole paso a las penumbras de esta noche, las luces del club tintinean penosamente, reflejadas en las partículas cristalinas que componen esta mezcla de sílice y piedra molida, volátil.
Esta playa, cuantas veces nos divertimos, sinceramente, diversión, bajando a zancadas estas mismas dunas… con los nenes.
Los nenes… Es imposible, explicar el dolor, es inimaginable, inútil, cualquier atisbo de expresión para referirse a los sentimientos que producen en un ser humano el ser removido de la vida de sus hijos.
El vacío mismo es algo, increíble, palpable, en comparación con la no existencia en la vida de estos dos seres. Cada día de sus días estuve ahí e, irónicamente, no quise ser padre, no lo precisaba, no lo ansiaba. Pero qué alegría infinita descubrí al tenerlos entre nosotros. Por primera vez el mundo giraba con algún sentido, como si tuviera que tenerlo por fuerza, debería encontrarlo a costa de cualquier cosa, por ellos, por mí, en ese momento valía algo.
Primero vino Manuel, casi sin esfuerzo, lindo, un parto de tribuna y palco, de mirarlo, con el sentimiento continuo de que nada saldría mal. Aplausos y alegría, primer hijo, primer nieto, primer guiñada de costado, de la vida que parece decir, te doy esto, que no es tuyo y que nunca lo será, no te lo mereces y bien sabes porque.
Victoria llegó distinto, llegó con esfuerzo, a los ponchazos. El cordón trató de ahorcarla, traidor, ladino. Su función era transportar alimento, pero como siempre, la infamia está en todos los órdenes de este universo. Redoblando las complicaciones, la placenta colapsó, no pudo resistir la escena, no tuvo la fuerza necesaria para acunarla sin mayores complicaciones. Fueron horas, días, años de lucha, que empezaron con la primer bocanada de aire y que aun ahora prosigue. Cuanto orgullo me da verla pelear, sin ni siquiera darse cuenta que lo hace.
Los primeros pasos, de los dos, esas andadas, Manuel se largó un día que yo llegaba de trabajar, soltó la mesa ratona y se vino hasta mí, riendo, soltó el mueble como soltaría tantas otras cosas, sin miedo aparente, alegre, mirando a los ojos sin temor a equivocarse y empezar de nuevo… no como ahora…esa puta lobreguez.
Victoria, dio sus pasos, como todo lo que esa personita da. Desinteresada, histriónica, fantasiosa, sus pies bailaban en un escenario que existe siempre donde ella se mueve. De un árbol a otro, deteniéndose a bailar con la música imaginaria que suena en su cabeza, siguiendo con los ojos a esos animalitos que ella llamaba “Marilolas”. Distraída de la realidad, pero concentrada en la brillante luz de la fantasía.
Así, de a pasos, un pie atrás del otro, el tiempo se va, sin mirarnos, sigue empecinado en su marcha indefectible. Nos regaló momentos, veranos e inviernos, y si algo me llevo a donde sea que tenga que ir, serán siempre, las tardes de playa, jugar en el agua, armar túneles y castillos, correr para entrar en calor, cargarlos a ellos y a los pertrechos para que solo me cansara yo, que ya estaba cansado.

No sé cómo ni por qué, pero el oleaje brama, se derrumba, cayendo en sus sonidos para levantarse otra vez. Está frío el contacto con el arenal, apenas puedo distinguir, entre las sombras, donde termina la tierra y donde empieza el líquido que este viento, también hace volar.
Me recuesto en la cara castigada de la duna, la que recibe el azote de todo lo que el clima le tira. ¿Cómo mierda hago para encender un pucho? Nunca pude fumar, por más fuerza que hice para adquirir el vicio. Pero hoy quiero, hoy lo siento como una especie de pincelada que faltaría a un cuadro que yo no voy a pintar.
Tal vez fue eso lo que el viejo no pudo resistir, el darse cuenta que la mentira termina dominando lo que uno pensaba que era real. ¿Será que lo real es la mentira, que armamos un mundo sin patas, donde actuamos según deseos e inquietudes nos lleven?
Deseos… esos que pensé eran horribles, desviados, obscenos. Asco de mi persona, en el simple reflejo del espejo, en intimidades. Suprimirse, esconderse, amurarlo en algún lugar de mi cabeza que nadie más que yo conozco y, aun así, tratar de olvidar donde es. ¿Cómo explicar entonces mi poca atracción a tu sexo? No al tuyo en particular, ojalá fuera solo eso… porque sería más fácil de comprender. ¿Al menos a vos te sería más fácil de entender? Sinceramente no sé. No sé, si tenés alguna capacidad de entendimiento, ese monstruo en el que te fuiste convirtiendo, que suda desidia, escupe veneno y secreta mierda, grita disconformidad ante una ofensa que crees, te da el derecho de matar y revindicar tu propia falta de humanidad. Ese bicho que no es otra cosa que ignorancia, odio, estupidez y carencias.
Te criaron a trompadas y desprecios, abandonos y abusos, homofobia… ¿Qué podría pedirte? ¿Esperar?
En el menosprecio de nuestra vida, te acostumbraste a esquivar la saliva de tu propia escupida que, obedeciendo a la gravedad, volvía en caída libre sobre tu cara.
No puedo ser injusto, en esto no, hoy no puedo ni lo seré. Presumo que aun haciendo lo mejor de vos, dando un esfuerzo milagroso y sobre humano, no hubieras podido cambiar absolutamente nada. Algo así como querer escapar de la guillotina en el momento que el verdugo acciona la palanca. Realmente desde tu lugar, pequeño y limitado por tu propio contexto, solo podías hacer lo que hiciste. Aun sin creer en el destino, vos fuiste la pieza que se precisaba, nada más.
Y me enamoré, y me descubrí, me sentí escuchado, apreciado… admirado. Que palabra. “Admirado” Siempre pensé que pertenecía a otras esferas de seres.  No a la gente como yo, yo estaba designado para admirar… a otros.
El en cambio, me leía, me decía que la felicidad es un cuenta-gotas que llega muy rápido a quedarse sin líquido. Me veía inteligente, astuto, buena persona… todo eso, yo.
Y no pude, después de que la moneda llega al fondo de la máquina que la traga, no hay vuelta atrás.
Perdí virginidades con 40 años, amé y me sentí amado por primera vez. Te lo dije, no sé bien de qué forma. Hoy creo que, en la tempestad de enfrentar todas esas cosas, lo hice de la peor manera. Entre llantos y voces incomprensibles. ¿Te amaba sabés? No de la manera en que vos definís el amor, pero lo hice. Con todo… incluso, contra todo mi ser.

Me prohibiste a los nenes, me empezaste a eliminar, no los veo hace 1 año…

El viento ya no viene en rachas, es constante, como un “la” sostenido. El oleaje parece llamarme, como cuando de botija se me había dado por el surfing… antes de todo, antes de mí mismo. Cuanto placer me daba saber que podía hacerlo, que podía ser diferente, que el frio no me acobardaba, ni la corriente, ni la tormenta. Contrariamente en ese caos, encontraba la paz que no parecía dejarse ver en ningún otro lugar. Las primeras aventuras de mi vida, en uno de esos fogones que se armaban en la playa, después de salir del agua, te conocí a vos y en la confusión enorme que la sociedad nos imponía, mi sexualidad se ovilló por muchos años, sin entender que mi atracción siempre había sido dirigida a mi compañero de olas, de campamentos… pero estaba mal, eso estaba podrido, equivocado, y empezamos a armar una vida sin saberlo, sin, creo yo, estar conscientes de que lo hacíamos a fuerza de pura inmadurez, inexperiencia e ignorancia, eso sí, con mucho amor…que cotejándolo hoy, en perspectiva, pesaba más que las estructuras que se habían diseñado para sostenerlo.


Las 4 de la mañana, te odio con toda mi fuerza, con todo lo que tengo para odiar, que por suerte y a diferencia de los seres despreciables como vos, es mucho menos de lo que tengo para amar.
Cierro los ojos y veo sus caras, riendo conmigo, jugando sobre la alfombra de color azul, en el cuarto de Manuel. Tomando el té con Victoria y sus amigas del jardín, mirando una película alquilada en el videoclub que está pegado al supermercado.
¡Hija de puta! La peor de las agonías, espero que te caiga, por el resto del tiempo que puedas respirar.

Él, me dejó después, cuando mi depresión empezó a galopar sobre mi cabeza.
- ¡Un ápice de humanidad! ¡Mis hijos… no los veo! -  Imploré huecamente, a sabiendas de lo inalcanzable de mi suplica.
No le podía pedir mucho más, así como yo, él no sacrificaría su felicidad por otra persona. Mi estado era inaguantable. En el intento de salir, arrastraba todo a mi remolino de tristeza. Como los que, al no dar pie en el mar, buscan aferrarse a lo que sea, en su encabrite desesperado a manotazos de vida, inútiles.
Tu denuncia por manutención impaga llego hace dos meses, el detalle fundamental, es que hace tres que perdí el laburo en la Hellman´s. “No estas apto para conducirte en un ambiente laboral con el profesionalismo que la compañía requiere” me dijeron, y así, llegaron a su fin mis quince años laborales. Sinceramente es tan poco lo que me importa hoy…

Fue un inverno, en la mitad de Julio, mi amigo y yo bajamos a la playa en medio de un vendaval que quebraba al mar sobre los médanos, las olas crecían casi a dos metros y medio sobre el nivel del líquido que nos rodea. El muerto estaba recostado sobre esta misma duna, nos acercamos, la lengua hinchada y violeta, el pucho apretado en su mano derecha, dura… fría, parecía que estaba muerto mucho antes de estarlo… sus ojos estaban fijos en el mar. Había paz en su rostro, solo que daba la impresión de haber tenido, olvido.
Llamamos a la policía y me quedé ahí hasta que llegaron con la frialdad que deben tener.
La interrogante de saber por qué, siempre rasca la garganta, pero no había nadie a quien preguntarle y muchas explicaciones no dejó. Se lo llevaron atrás de una camioneta blanca, envuelto en un par de bolsas negras. Era cliente de la misma despensa, en donde a veces comprábamos nosotros cuando la vagancia nos ganaba para no ir hasta el supermercado. Nada más, solo una cuerda colgando del sobrante de un tronco de tamariz.
Hoy estoy yo acá y, por esa dinámica que tiene el tiempo en estos parajes, el paisaje sigue igual, la inclinación del médano, tal vez, haya variado unos grados, pero nada se mueve, nada cambia sustancialmente. Parecería que todos por aquí, tuviéramos un complejo de perennidad, talmente los objetos de un cuadro, nos esforzamos por parecer estáticos y dejamos que el tiempo discurra sobre nosotros para volver a repetirse en algún momento.
En estas palabras está mi explicación, mi renuncia a todo, en estas hojas, apretadas, existe la denuncia de mi último acto de egoísmo, mi atenuante, mi resultado del exámen de sangre, emitido y rubricado, por salud púbica, constatando que tengo HIV, que está despierto, que no hay suerte… en realidad, no de esa suerte, solo la otra, la que uno no quiere tener, ni que le toque.
Entonces, apoyado sobre este respaldo de arena y cola de zorro, entre lágrimas, mirando al mar, apretando mi pucho, escuchando mis tangos, que no se sienten, me dejo caer con éstas hojas apretadas que no son nada, que nada explican…

                                                                                              ***

San José De Carrasco. Julio 20 1995, jueves.

El Atlántico Sur -durante los meses de invierno- nos regala puntualmente y a intervalos cortos, unas pequeñas tormentas, las cuales son denominadas “sudestadas”: vientos fríos que llegan desde las estepas de la pampa y demás sandeces que sin cansar repetían los meteorólogos.
Para la gente común y corriente que hace mucho abandonó las aulas educativas o simplemente jamás pasó por ellas, estos depravados vientos congelan el aire y cortan las primeras capas de piel… podrían venir de la pampa, como del mismo polo sur, importaba absolutamente nada. Lo mejor en estos días es prender la estufa, a leña, lo más temprano posible y, si en el peor de los casos tuviéramos la obligación de salir, cuanta más ropa pudiera distanciar nuestra piel de la gélida atmósfera reinante, mejor.
Unas de las consecuencias más temidas en estos vientos, es la disparatada rapidez con las que acrecientan el oleaje de la playa, invitándonos a ponerle parafina de invierno a las tablas.
Las dunas se convierten en un espectáculo asombroso, esas moles gigantescas de arena contienen los vientos, mientras la lluvia las pule, haciéndolas brillar con sus golpes de presión natural.
El mar rugía como solo él sabe hacerlo, construyendo cuerpos líquidos, rivales muy dignos de sus contra partidarios terrestres.
La eterna lucha de poderes entre océano y tierra.
El paisaje no resultaba extraño a esas horas de la mañana.
La marea elevadísima, le robaba 20 metros a la costa, arrimando el líquido casi hasta donde comenzaban los primeros médanos, formando un corredor abierto en el que la tempestad descargaba todos sus bríos.
Pese al insoportable castigo microscópico de millones de granos de arena reventándose contra la piel, la visión no era nula completamente.
En la lejanía, el objeto negro, llamó la atención súbita de los dos.
 -Con este frío insoportable me parece que el tipo ese, se escavió la vida- dije, esforzándome para discernir a esta distancia si el bulto que se veía a unos seiscientos metros era un ser humano, o tan solo una bolsa de basura más de las arrojadas con frecuencia por vecinos mugrientos; le pregunto a mi compañero - ¿Estás seguro que es un tipo?
-Sí, ¿no lo ves? Contestó molesto por mi incapacidad visual.
A medida que nos vamos acercando, las reconocidas formas de nuestra constitución física, dan por tierra con las teorías de la bolsa de residuos. -El hombre está sentado en las dunas mirando el mar…- comentó convencido.
-A las siete y media de la mañana de un día como este. ¿Dónde viste al enfermo?
- ¿Y nosotros? ¿No te diste cuenta la cara con que nos miraba la gente agolpada en las paradas de ómnibus, camino a su laburo?
-Igual, está lloviendo hielo y el viento parece que enfría de igual manera, ese está tan trastornado como nosotros.
La discusión se desvió hacia otros puntos más importantes; la intensidad de la corriente y el punto exacto donde deberíamos entrarle a esta masa liquida, sustituyendo al beodo madrugador de nuestra conversación.
El oleaje se movía rápidamente de oeste a este, de derecha a izquierda si nos parásemos frente al mar, o sentados en la falda de los médanos, como el tipo que, ahora tan solo nos miraba pasar, paralelos a la orilla.
Tuve que interrumpir la conversación - ¡Tiene una cuerda que le sale del cuello! -  dije, mientras que, por alguna causa, esto no me asombraba en absoluto. El viento le arrancaba hojas de papel de sus manos y las hacía volar caprichosamente.
- ¿Qué decís? - dijo mi compañero, viendo interrumpido su discurso sobre cómo, mediante la forma en que una de las clientas del almacén de su padre le pedía un alfajor, supuestamente, se le insinuaba en forma lujuriosa, esperando una respuesta e, iniciativa, de su amante-almacenero.
Desviándonos de nuestra ruta habitual, corríamos como desaforados hacia el médano donde el aspirante a occiso, nos esperaba para la confirmación oficial de su estado.
La piel de su cara ya se resquebrajaba por el frío; su mirada vacía, el maxilar inferior, desencajado apenas hacia un costado, sosteniendo una lengua exageradamente violeta.
El cuello estirado hacia atrás, no era necesario comprobar más nada, tan solo lo tanteamos como último recurso, nunca falta el enfermito de las bromas pesadas.
Lo curioso de la macabra escena, eran los audífonos de su walkman prendidos a sus orejas, sonando una melodía cínicamente adecuada: “…Con el pucho de la vida apretado entre los labios…”
Mi vista se fijó por breves segundos en la boca de lo que quedaba de este ser humano, apretando un cigarro con la fuerza que le daba la rigidez a esos labios entumecidos. Trepé al médano y observé hacia la zona civilizada. En todo el sentido de la frase: “Ni un alma”; las calles apenas comenzarían a despertar dentro de unas horas, los que debían cumplir con sus obligaciones laborales ya iban en camino, los demás, no abandonarían con un día como hoy, la calidez del hogar.
Giré y desde la elevación miré hacia el mar… para mis adentros pensé que esa había sido la imagen eterna que quedo registrada en la última memoria del suicida.
Si es que el paraíso fuera una realidad comprobable, mi edén personal no diferiría mucho con lo que enfrente de mis ojos estaba sucediendo. Oleaje, imponente, el cielo gris, el sonido imposible de imitar.
-Hay que llamar a la ley- dije y, sacándome a mí mismo de esa reflexión, me senté en la arena, bastante cerca del cuerpo.
Mi amigo emprendió la caminata a su casa, el teléfono se encargaría del resto.
Los tangos seguían sonando, metálicos, desde el auricular, los mismos tangos que escuchábamos con el abuelo, los que me enseñó a sentir desde la radio clarín. Lo extraño, siempre. Me irrita saber que lo único que queda es las cosas que no le dije, el recuerdo de la imagen petrificada de su cuerpo tirado, su cabeza atravesada de un tiro.
Llegó la camioneta blanca de la policía, y fríos como el día, se acercaron al cuerpo, cortaron la cuerda, en dos bolsas negras se lo envolvió y lo subieron a la caja de la pick up. A la izquierda de donde estaba recostado el hombre, un arbusto se aferraba de una hoja de papel, empapada, la liberé del ramaje y la sostuve en mi mano, mojada por la lluvia y ametrallada de pequeños agujeros. Lo único legible era una frase que se me hacía propia, protagonista, de muertes cercanas…

” No resisto más el dolor”

viernes, 13 de enero de 2017

Veronica

“Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa... Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco... Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma... “         Alfredo Zitarrosa


Veronica.
                                                                  
Casi dos años entreteniendo la idea de terminar conmigo, si, de matarme. La de esa tarde era con un cinto alrededor de mi cuello. Ese cinto…fue parte de la indumentaria que me puse cuando recupere mi libertad. Un cinto de tela dura con doble línea de agujeros. Recuerdo cuando el guardia me acerco el bolso. Dentro había, un jean, una remera negra, un par de medias, bóxer a cuadros, tenis blancos y el cinto verde. En ese momento no revelaba más que ser una prenda, ni siquiera eso, un accesorio secundario en mi atuendo, en mi uniforme de hombre libre.
Hoy 8 años después, enroscaba mi cuello y cinchaba mi mandíbula con presión, hacia arriba. Hoy se enredaba también en el travesaño de madera del techo y a nadie le importaba en absoluto, y eso era correcto. Correcto desde la perspectiva de justicia, correcto desde la corrección de todas las cosas que se deben corregir.
El taburete de plástico blanco sostenía mi peso, por última vez algo sostenía mi peso. Lo empuje y la presión en mi cuello se incrementó, el aire se iba y un dolor agudo, abierto, reventaba todas las fuerzas por salir de esa prisión, uno nunca quiere morir, aun cuando quiere.
La fatalidad de la muerte es solo igualada por la fatalidad de la vida, y sus acciones son tan inesperadas como lo pueden ser el vivir o morir.
Así es que la hebilla del cinto en una suerte de equilibrio imaginario se volcó al plato de la vida y reventó por la fuerza exigida, demasiada para el. Caí sobre mi brazo dándome un fuerte golpe en la cabeza y perdiendo el conocimiento por unos minutos. Al cabo de los cuales me levante y trate de incorporarme, deshecho, angustiado, a sabiendas que debería juntar fuerzas otra vez para nuevamente extinguirme. Sentí una necesidad imperiosa de salir al jardín, mareado y no sé cuántas cosas más, mi cabeza ya no era mi cabeza, pero eso es parte de otra historia.
Salí al jardín y note unos movimientos detrás de uno de los arbustos, por unos segundos me desafié a pensar que podría ser un delirio, una visión, víctima del golpe, la situación, pero me habían robado muchísimas veces durante los últimos meses y naturalmente la adrenalina, dicen, cura todos los males, así que mis sentidos recuperaron la sagacidad, mis músculos se tensaron e inmediatamente atravesé las frondas del arbusto, grite fuerte para paralizar y llamar la atención y con un movimiento rápido sujete el brazo y el cuello del ser que se escondía de no se quien, retorciendo uno y apretando el otro. Soltó un chillido y los ojos parecían salirse de las orbitas, afloje la mano que sujetaba su cuello apenas, y recién ahí me di cuenta de su vulnerabilidad, de su debilidad, estaba totalmente entregada a lo que fuera a pasarle, no ofrecía resistencia.
¿Quién sos? ¿Qué haces acá?
-¡Soy amiga, Soy Amiga!
Dijo usando el aire que le quedaba, afloje mas mi mano y ahora si le permití respirar sin dificultad.
-Estoy buscando a Alberto, él vive acá, somos amigos y estamos distanciados, llame a su teléfono pero no  responde nadie.
-Acá no hay Alberto…ningún Alberto…Respondí, y apreté casi automáticamente otra vez, su garganta.
-Me llamo Veronica, acá vivía Alberto, tengo Sida y estoy muriendo.
El anuncio me tomo por sorpresa…es obvio que estaba muriendo, tenía sus vías respiratorias coartadas por mi mano derecha, pero la primer parte de su oración, agregaba mucha más complejidad a su entendimiento o tal vez no…yo no tenía absolutamente nada que ver con su muerte. Mi mano, no la estaba matando, ella ya estaba muriendo aun sin mi extremidad ejerciendo fuerza sobre la balanza de la vida y la muerte. Entonces, algo mas llego a mi entendimiento, yo también estaba muriendo o mejor dicho, quería morir y no había fuerza en el mundo que lo pudiera impedir. No había mano en mi garganta ni infección en mi sangre y sin embargo yo estaba muriendo igual.
La solté, la libere de mi agarre y al igual que me dio placer oprimirla exitosamente, también me causo placer soltarla, el devolverle la vida, aunque solo fuera un simulacro, una extensión permitida por la situación. En realidad le devolvía su agonía, y a mí, algo de paz mental.
-¿Puedo pasar al baño? Me estoy haciendo pis.
Dijo con la voz aun cortada por lo que creo era temor. Pero entonces soltó una frase descolocada totalmente de nuestra situación.
-¿Te salvaste sabes? Yo se artes marciales…
Reí o mejor dicho actué al hacerlo. La acompañe hasta la puerta del baño y me retire. Esperando que saliera y se fuera por donde no tendría que haber entrado.
Mientras esperaba me percate del cinto, aun atado al travesaño del techo, siendo testigo, observando desde su altura, orgulloso de que él también me había liberado de su nudo corredizo, desde su inanimada personalidad, su insignificancia, el había decidido devolverme la vida por un defecto de fabricación.
Veronica salió con sus petates en la mano, por primera vez me percate de su persona como tal, sus constitución sus pertenencias, su rostro, sus gestos y modos.
Su cuerpo estaba raído al igual que su vestimenta, era extremadamente delgada de no más de unos 50 y largos. Su cara parecía haberse contraído de la misma manera que cuando apretamos un globo mal inflado por la base. Sus ojos decían perdida, locura, miedo, odio, rabia, amor…pero un amor teñido de todos los otros sentimientos, un amor intoxicado, circular, como de esos amores que vienen en torbellino y parecen brisa pero son vendaval. Trataba de sostenerme la mirada cuando me hablaba y ponía vehemencia a sus palabras, pero no eran fuertes, ni su mirada ni su vehemencia. Sus ojos eran rígidos y se apagaban en cuanto yo sostenía más de 5 segundos mi mirada.
No estaba bien, sus palabras eran en ráfagas y el vocablo “refugio” era casi una constante vomitiva que adornaba, de la manera que un vomito adorna una pared, cada una de sus frases.


Abrió una mochila desgastada y escrita con lapicera, por dentro y fuera con números de teléfono y mándalas. Saco un fajo de hojas y me pidió si se las podía dar a Alberto.
-No hay ningún Alberto acá.  Volví a repetir. Le ofrecí hablar con el dueño de la casa y preguntarle si conocía a ese tal Alberto y darle las cartas en caso de que así fuera.
-Que le diga que es un cagon, un traidor, pero que lo quiero mucho.
-Perfecto. Dije al entender que no era capaz de procesar mi total desconocimiento de este individuo.
-Antes de irme, me gustaría escribirle un par de cosas más, ¿Puedo?
Antes de que yo afirmara o negara ya se había puesto a la tarea de garrapatear sobre una hoja de papel.

De pronto se detuvo y paso su mirada por donde se balanceaba mi cinto. Me miro entrecerrado los ojos y me pregunto: ¿Sos Feliz?... ¿Vos sos Feliz?
Le devolví la mirada, dura y penetrante y convencido le dije: NO, no lo soy.
Continuo escribiendo, me dio las cartas y se fue, perdiéndose en el monte que queda enfrente a la casa.
Volví a mi soledad, absorto en pensar de donde había salido esta mujer, porque esa tarde la puso en mi vida y a mi en la de ella. Por unas horas, entre muertes, fallidas, postergadas, interrumpidas.
Me acosté en un sillón y dormite un poco, el calor del día dejaba pasar al fresco de la primera parte de la noche. El sol aun naranjeaba al horizonte.
Un golpeteo de manos en el portón me saco nuevamente de las reflexiones inútiles, en las cuales pensamos que encontraremos una solución perdida entre los laberintos de nuestras mentes.
Era ella otra vez. Volvía a dejar dos cartas más. Las tome de su mano, me di la vuelta para entrar nuevamente cuando me pregunto:
-¿Seguro que no sos feliz?
-No. Conteste seguro.
-¿Que te falta?
-Todo
-¿Qué es todo?
-Todo lo que ya sabes que me falta, ese todo.
-Sin conocerte, veo que tenes mucho para ser feliz, tenes refugio, un vehiculo…
-No tengo nada, Muerte, ya te lo dije, nada.
-Perfecto, nos vemos.
-Lo se
Volvió a desaparecer entre los árboles.
Volví al sillón, debajo de este había una cuerda de nylon.
Estaba agotado…

BK

jueves, 28 de abril de 2016

Liberacion

Ayer, en la oscuridad de una tarde de abril, con el viento sur soplando inclemente, recordándonos como el invierno nunca se va, ese hijo de puta solo descansa un rato; ayer, me cruce con “el flaco”.

Venía de procurar substancias, de golpear el portón de madera  alto y torcido, por los cientos de colgados que justamente ensayan el trapecio de la colgadera en el, esperando escapes o re-encuentros violentos, por gramo. La boca del barrio pública y secreta, por nadie desapercibida.
Colocado ya, daba trancazos, como esos pasitos de muestra que tiran los caballos de desfile. El frío nos obligaba a tensar la cara, a él, aún más.
Nuestras vidas nunca se atravesaron lo suficiente, fui amigo de sus hermanos, mayores que yo, pero el en realidad curtía otro grupo de gente…nunca supe bien cual, y ocasionalmente entraba y salía en nuestras jodas y reuniones. La misma vida que se encargó de ubicarnos a 3 casas de distancia, convirtiéndonos a su familia y la mía en vecinos hasta que la muerte y las mudanzas nos separen.
Buena gente, de esa que vale la pena encontrar. Esos seres que nos dan el estúpido aliciente de que aún existe gente amable, con pertenencia, nuestra.  Esos que paran en un diluvio y te llevan a tu casa si te encuentran por ahí, los mismos que te abren los ojos para que las porquerías que decidís meterte por algún lado del cuerpo, no sean tan dañinas…o solo te hagan el daño por el cual pagas.
Aquellos que todos los 24 y 31 de noche salís a saludar y te transmiten esa felicidad embustera pero que sirve.  Entre gritos, borracheras perdonables y bombazos violentos que se llevan algún dedo al centro nacional de quemados.
“El flaco” y yo, estábamos muy lejos de esos momentos felices y los dos lo sabíamos, creo que hasta el clima repugnante de este otoño no quería ser menos y como buen sorete acompañaba.
Abrazo y saludos, dieron paso a los apuntes necesarios de esta vida…solo que de su parte, en el boletín de noticias de hoy, había un headline pesado, crónica roja de la linda. El viento redoblo esfuerzos y las luces de la calle más hecha mierda de toda la costa de oro no querían prender.
-Murió El Elbio, mi viejo se pelo….menos mal…es decir una cagada, pero también nos liberó a todos…si, pensé que sabias…en julio va a ser un año ya…
El Elbio…muerto hace casi un año, a 3 puertas de la mía…
Cuando en nuestras vidas no teníamos en claro si la droga o el ejercicio eran más divertidos uno que el otro. Elbio chapaba la bici y nos acompañaba a correr por el balneario, nos daba charla, de esa que no requería respuesta, mientras controlábamos la respiración a paso redoblado.
Por las noches, le robaba a mi vieja algunas hojas de un árbol que le hacía bien para la presión de la vista.
Tiraba ocurrencias como una ametralladora de anécdotas y risas… y si, seguramente, tendría cadáveres hediondos en su ropero, como todos nosotros, y lejos de ser una eulogy, post mortem de un réquiem con casi un año de fecha de expiración, esto es una reflexión de mierda. De como todo cambia y nos estamos muriendo de a poco, como Elbio, cerca de mucho y lejos de todo.
“El flaco” siguió su rumbo, de costado, duro y encajado…y yo también sin dureza ni encaje.

 Y ahí me pego, en el pecho, fuerte, junto a mi estaba, estuvo, en todo momento, mi hijo de 11 años, en esa noche, en ese encuentro. 
Lo mire, y apretaba la boca por el frío mientras caminábamos…me di cuenta que alguna vez, en alguna calle, en algún encuentro…también le contara a alguien de su liberación… 

Braulio K.