En todos hay un escritor. Por más escondido que este se encuentre. Algunas veces se manifiesta y quiere ser la voz de muchas voces y la de uno mismo. Ser testigo y narrador de nuestra historia, amigo y enemigo de nuestros miedos y alegrías, tratar a la realidad como una igual, subyugar lo indomable y liberar lo oprimido. Combatir la intolerancia en una guerra sin cuartel a palabra suelta. Desafiar a nuestra propia inteligencia y re-definir las reglas en las cuales se basa nuestra ya tan reestructurada sociedad. Pero lo más importante sea, tal vez, la indescriptible sensación que nos produce, el dibujar con nuestras palabras en la imaginación de otros.

Bienvenidos.

C.A.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Curiosidad por el gasómetro. Belén Haymes.

“Aquel abrazo en el gasómetro, me descongeló los huesos” escrito con lapicera negra en un boleto de Copsa.



A mi edad ya estoy jugando a la mancha con el Alzheimer, aunque hay abrazos que no se olvidan nunca, sobre todo cuando las yemas son conscientes de que es el último tacto, el roce concluyente.

Hoy es tan solo un recuerdo fantasma de un millón de caricias e incontables años a tu lado. ¡Carajo! Si las habremos vivido, primeramente fue un amor instantáneo, te cruzaba a la salida del liceo, vos eras tímida, yo me hacia el langa con mi hermano mayor, sigo sin entender como aceptabas esos cruces de mirada, fue eso que nos enamoró, nuestras miradas. Nos gustaba engancharnos de las pupilas, el dolor de desprenderlas, luego repetíamos el ciclo y nunca nos cansaba. Mi madre te quiso como una más, mi querida vieja, la extraño tanto como a vos. Después vino el primer hijo, el pequeño Huguito, tu pajarito pintado de nuestro rio, lo cargaste en tu vientre como si llevaras el universo mismo. Huguito fue nuestro primer retazo de los cielos, después del cielo el sol, Soledad, y mira que yo dudaba de ese nombre, pero vos me citaste una reflexión de Neruda con esa seguridad que te caracterizaba y esa vibración poética en la voz que hacía que se me entibiecieran las venas. Soledad fue el más cálido astro que pude acunar.

Ambos fuimos trayendo del pico un poco de barro y mucho amor, como los horneros, construimos un nido. No teníamos las paredes revocadas, es verdad. Pero teníamos libros de sobra y un techo de chapa que musicalizaba las noches de lluvia. Disfrutaba de verte leer frente a la estufa a leña y que el perfume de tu pelo apagara el olor a kerosén que se sentía en el aire hasta que entrabas a la sala a congelar momentos en mi cabeza con el calor de tu presencia.



Todo era mágico hasta que en la calle resonaron aquellas coléricas botas. Recuerdo la primera vez que entraron a casa irrumpieron la paz en un segundo, escondiste a Hugo y a Soledad en el sótano mientras yo rápidamente desnudaba la biblioteca y escondía los libros bajo la mesa, nos salvó aquel mantel larguísimo que mamá había bordado de regalo de bodas. Entraron, dieron vuelta todo y se fueron, rompieron la ponchera de cristal europeo que tanto amabas, así como la tranquilidad propicia de un hogar inundado de cariño.



Nos costó recomponernos de la invasión, pensamos seriamente tomar todos los ahorros y escapar a un lugar seguro; a mí me daban miedo los barcos, sin embargo a vos te encantaba el mar. Y qué esperanza, mujer piscis de Marzo, tu paraíso debe de ser una tarde en el arroyo con tus hijos. Lo prometo, no me tardo, pero antes necesito encontrarla para morir tranquilo.



Mientras quepa la duda, no todo está perdido, pensé al verte marchitar en la camilla. Me pediste el boleto del ómnibus, a Hugo una birome y con tus últimas fuerzas escribiste unos garabatos que jugaban a ser palabras. Te juramos encontrarla, cerraste los ojos y te quedaste dormida, para siempre. El hospital Pasteur nunca fue tan gélido.

Espero la muerte te haya borrado la memoria, por este plano, nunca olvidamos. Nos arrancaron la vida, nos apagaron el sol. La cosa ya estaba muy jodida, yo me echaba la culpa por mis ideologías políticas, pero vos me decías que nuestra Atenas del plata se había vuelto loca, Montevideo estaba más gris que nunca.



Del gris a la total ausencia de color, ausencia, esa palabra que tanto me duele. Todo en negro cuando aparecieron para llevarnos, los viste venir y aturdiste al mundo en un grito de horror, yo grite por dentro. Agarramos a los niños y cruzamos al gasómetro, que quedaba en frente de casa, ya no te parecía una magnifica estructura, ya no quisiste ir a posarte frente a los grandiosos gasómetros de Viena. Nos escondimos con Soledad en brazos y con Hugo temblando de frio, aquel abrazo fue un sedante, nos abrazamos entre los cuatro para no soltarnos nunca y sí, mi reina, tenías razón, a mi también se me descongelaron los huesos. Pero nos soltamos, ni bien finalizó la noche, llevé a Hugo con sus labios violetas a la casa de la vecina, mientras vos esperabas con Soledad a que te arrimara una manta. Logré dejar a Hugo con doña Elisa y al entrar a nuestra casa la cual estaba destrozada, quise ser lo más rápido posible, agarré lo primero que encontré, dos frazadas viejas y una flauta de pan, no me dio el tiempo de buscar agua.



Corrí hacia el gasómetro y me encontré con lo peor, ellos estaban ahí y vos luchaba porque no te sacaran a la criatura. Luché, lo más que pude, hasta que me tumbaron y me dejaron inmóvil. Se llevaron a Soledad aparte y a nosotros nos subieron a una camioneta. Quebrada en llanto me explicaste que uno de ellos pasaba fumando un cigarrillo y escuchó a nuestro sol llorar, aviso a los demás y ahí llegué yo. La tortura fue indescriptible con palabras, las secuelas; te apagaban los cigarrillos en los párpados hasta que perdiste totalmente la visión; cuando casi todo culminó, te encontré y nos abrazamos de vuelta, pero fue un abrazo en silencio, en silencio y con una ausencia envolviéndonos el alma. Volvimos a por Hugo, Doña Elisa intentó curarte las quemaduras con crema de ordeñe, no hubo caso, llevabas heridas emocionales incurables. Soledad no estaba.



Y así vida mía, transcurrieron los siguientes años, la seguí buscando pero no había forma de dar con algún rastro; te cuidé a ti, cuidé a Hugo, quien se convirtió en un hombre más rápido de lo que esperaba y también ayudó con la búsqueda, hasta estos últimos tiempos, en los que un maldito cáncer despertó en tu cuerpo a causa de la angustia. Ya delirabas, preguntabas por el gasómetro una y otra vez removiendo toda esa miseria. Muchos desaparecidos fueron encontrados, pero no fue el caso de nuestra pequeña. A veces me gusta pensar que la crió la esposa de alguno de estos bastardos y que hoy está sana pero sin saber de quienes son los genes que danzan por sus venas, pienso en que se parece a vos, pienso en que algún día me crucé a alguna joven que caminando por la rambla sienta curiosidad por el gasómetro y al verla a ella te vea a vos, la identifique y tal vez para no parecer un viejo loco, la abrace, solamente abrazarla, para descongelar la escarcha que la dictadura dejó sobre mis huesos.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

imponente muchachos. a la distancia esto te rompe todo. lagrimas por todos lados. felicitaciones a la escritora. JP de Roma

Anónimo dijo...

hermoso relato.

Anónimo dijo...

Ahora que yo también huyo del Alzheimer que me alcanza, estas historias reales me conmueven aún más.

Miro hacia atrás y ...... cuánto dolor y la calesita continúa dando vueltas...

yuliano dijo...

Una belleza de historia en su relato, una triste historia para muchos

Unknown dijo...

Una belleza! Cálida,y tan conmovedora !!!

Unknown dijo...

muy conmovedor y realista y pensar que hay muchos compatriotas que no creen lo que paso en dictadura un saludo a la escritora muy lindo relato

Anónimo dijo...

Una angustia reiterada, así se fue nuestra querida Luisa, buscando sin darse tregua a su único hijo....yo no olvidó, y no me vengan con el perdón, estás bestias no lo merecen.....

Anónimo dijo...

impresionante gurises.impresionante.abrazo de hugo

Anónimo dijo...

gran invitada! me encantó. invitenla más seguido :D